Rusia y Ucrania están peleando diferentes guerras. Mientras que Zelensky sostiene el “vamos ganando”, Putin se prepara para su momento de “Misión Cumplida”

A más de una semana del inicio de la ofensiva rusa contra Ucrania una de las pocas cosas que se hacen claras es que esta es una guerra de desconexiones: entre las instancias estratégicas (de decisión política) y las instancias operacionales y tácticas rusas, entre la guerra mediática y la guerra en el terreno, y entre la percepción de ambos bandos sobre qué guerra están librando. Son justamente estas cuestiones las que tiran por tierra las interpretaciones maximalistas de los hechos, dado que como la historia ha demostrado, la niebla de la guerra es real y parte central de un conflicto armado.

La primera clarificación necesaria es sobre la desconexión entre instancias de decisión dentro del gobierno de Putin. La campaña militar rusa, a pesar de los problemas, las bajas y la pérdida material, no es un fracaso. Por el contrario, han avanzado sobre territorio enemigo a una velocidad impresionante, logrando asediar ciudades desde las primeras horas del conflicto. Es así como mientras existen falencias serias empíricamente comprobables en las instancias operacionales y tácticas del empleo del instrumento militar ruso, la falla ha sido en las instancias estratégicas. Putin, mantiene una comunicación limitada con sus líderes militares, e incluso es posible que esta sea unidireccional sobre todo al definir objetivos políticos sin una completa compresión de su viabilidad técnica. En resumen: Putin postuló objetivos políticos (toma rápida de Kiev y Kharkiv, capitulación rápida del gobierno ucraniano, y retirada) en un marco temporal que simplemente no coincidía con la realidad y la capacidad técnica, táctica y operativa de las Fuerzas Armadas Rusas. O si somos honestos: de cualquier fuerza militar moderna. Es por eso que, a pesar del rápido avance en términos netamente militares, la operación es percibida como lenta en la concreción de los objetivos políticos.

En esto entra en juego la otra desconexión, aquella que existe entre la guerra mediática y la guerra en el terreno. El gobierno ucraniano y sus socios internacionales en occidente han implementado una estrategia de comunicación moderna, orientada a un público amplio pero que enfatiza a nuevas generaciones, tecnologías, medios de comunicación y redes sociales. Rusia por su parte se ha atrincherado en la comunicación del siglo XX, desde la declaración de guerra de Putin en video el 24 de febrero hasta las imágenes de la asistencia humanitaria que transmiten por los canales de TV rusa. Es así que los mensajes del gobierno ucraniano han logrado viralizarse y aprovecharse mucho mejor en la construcción de una narrativa heroica e inspiradora que busca remontar una realidad atroz: la probable, sino inminente, victoria militar rusa.

Y es aquí donde encontramos la tercera desconexión: Rusia y Ucrania están peleando diferentes guerras. Mientras que Zelensky sostiene el “vamos ganando”, Putin se prepara para su momento busheano de “Misión Cumplida”. El Kremlin busca la rendición ucraniana en el papel, mostrar la victoria militar rusa en un conflicto armado convencional sin necesariamente reconocer o admitir que el futuro cercano trae otra etapa de la guerra. Una mucho más sangrienta y costosa para todas las partes: la guerra de resistencia. Muy posiblemente Putin tenga que enfrentar su propia Iraq, con años de presencia militar y desgaste político-económico ante la imposibilidad de abandonar una Ucrania inestable por la devastación y decapitación de su capacidad militar y política.

El gobierno ucraniano sí parece comprender que su futuro inevitable es el del colapso y ocupación rusa, y para ello los mensajes de esperanza también están orientados a reforzar una identidad nacional con elementos no menores de resiliencia social y de resistencia ante la injerencia militar rusa. Los cientos de miles de militares, milicias, miembros de defensas territoriales, y civiles armados, en combinación con la distribución de stocks de armas existentes y la llegada de armas ligeras del extranjero son la base para una insurgencia armada que pueda luchar proactivamente contra una ocupación extranjera ilegítima. Es así que Zelensky y su gobierno ya no están peleando la guerra convencional contra la invasión rusa, están creando las condiciones necesarias para fomentar una insurgencia popular prolongada que pueda instrumentalizarse como elemento disuasorio en una mesa de negociación, o implementarse en una futura etapa de esta guerra donde Rusia no tiene más opción que mantener su presencia en un intento de estabilizar el país.