Tel Aviv. Salvo la declaración explícita de que impedirá que Ucrania, Suecia y Finlandia se integren a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, es un enigma el propósito de Rusia con su invasión. Por lo menos esa es la respuesta de dos expertos en la materia: Meir Litvak y Uzi Rabi, del Centro Moshe Dayan para Estudios de Medio Oriente y África de la Universidad de Tel Aviv. El tema de la oposición rusa a que antiguos miembros del Pacto de Varsovia se unan a la OTAN no es nuevo.

En su libro Prisioners of Geography (Elliot Thompson, 2019), Tim Marshall escribe: Vladímir Putin no es precisamente fan de Mijaíl Gorbachev, a quien culpa de socavar la seguridad rusa con la desintegración de la Unión Soviética, “el desastre geopolítico del siglo XX”.

Desde entonces, dice el autor, los rusos ven con ansiedad cómo la OTAN se le acerca más y más con la incorporación de naciones como República Checa, Hungría y Polonia, en 1999; Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania y Eslovaquia, en 2004, y Albania en 2009.

Hace un siglo, se pregunta Marshall, quién hubiera pensado que el ejército estadunidense estaría desplegado a unos cuantos kilómetros de Moscú, en Estados bálticos. En 2004, a quince años de la caída del Muro de Berlín, cada miembro del Pacto de Varsovia pertenece a la OTAN o a la Unión Europea.

Uzi Rabi, un experto con estudios de posdoctorado sobre Medio Oriente, considera que Occidente se equivocó queriendo entender o adivinar a Putin, pero sobre todo presionándolo, porque de entrada él recibió las llaves de Siria con el repliegue de Estados Unidos y su influencia se ha afianzado en la región del Mediterráneo, de por sí complicada por el activismo de Turquía, Irán, Egipto y Arabia Saudita. El profesor duda que las sanciones económicas tengan algún efecto contra Rusia y refiere a Irán, que lleva cuatro décadas en situación similar y cada vez acumula más poder. Su prospectiva, por eso, es sombría: “El mundo va a sacrificar a Ucrania”.