La invasión rusa llevará al empobrecimiento generalizado de su población

En abril de 2005, un mes antes de cumplirse seis décadas del final de la Segunda Guerra Mundial, Vladimir Putin pronunció el discurso más fuerte de su gestión al calificar el colapso del imperio soviético como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. El exconsejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, Zbigniew Brezinski siempre sostuvo que, sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio.

Bruno Tertrais es un académico en relaciones internacionales y actualmente se desempeña como director adjunto de la Fundación para la Investigación Estratégica de Francia. El analista explica claramente la subjetiva y parcial revisión de la historia que ha venido realizando Putin en la última década para robustecer su ambición de poder ilimitado, que le permitiría gobernar su país hasta el 2036 cuando cumpliría 84 años de edad.

Dice Tertrais: “Según la narrativa del Kremlin, la existencia de Ucrania no es más que una especie de accidente de la historia, y Crimea, un regalo injusto que se le dio a Kiev en el 300 aniversario del Tratado de Pereyáslav, que unía a Ucrania con Rusia. En 2014, Putin recordó la feliz decisión, según él, de Catalina la Grande, que anexionó el sur de la actual Ucrania. Y estigmatizó la decisión de los bolcheviques («que Dios los juzgue») de aceptar que tierras rusas formaran parte de un Estado independiente. En su opinión, las fronteras de este país son arbitrarias. No es de extrañar, pues, que los dos óblasts de Donbas se llamaran Nueva Rusia, una región del imperio zarista entre 1721 y 1917, y ahora una confederación secesionista proclamada en mayo de 2014″.

Tertrais también establece una grave problemática demográfica emergente en Rusia. Señala que “la población alcanzó un máximo de 148 millones de habitantes en 1992 y ha ido disminuyendo desde entonces, a pesar de un modesto repunte a mediados de la década de 2010. Con 146 millones de personas en la actualidad, el país rondará los 140 millones en 2035, y los 130 millones en 2050″.

Joseph Kennedy se desempeñó como embajador en Inglaterra desde enero de 1938 hasta octubre de 1940. Mantuvo su apoyo a la política de apaciguamiento con Alemania llevada adelante por el premier conservador británico, Neville Chamberlain. En esos días John F. Kennedy se graduaba con honores en Harvard con una tesis académica titulada “Why England Slept”. El futuro presidente demócrata de los Estados Unidos había visitado Londres y París para analizar la actitud de sus gobiernos en los meses previos a la invasión alemana a Polonia ocurrida a principios de septiembre de 1939. Roosevelt y su secretario de Estado Cordel Hull no compartían la visión política del patriarca del clan Kennedy y ordenaron su regreso poco después de la caída de Francia en manos de Hitler. En agosto de 1941 Roosevelt y Churchill firmaron la Carta del Atlántico, que en su punto 2 estableció lo siguiente: “No desean ver ningún cambio territorial que no esté de acuerdo con los votos libremente expresados de los pueblos interesados”.

Dean Rusk fue el secretario de Estado de los presidentes demócratas John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson. Durante su gestión desarrollada entre los años 1961 y 1969 tuvo lugar la guerra de Vietnam. La contienda bélica que enfrentó indirectamente a los Estados Unidos y a la Unión Soviética, gobernada desde 1964 por Leonid Brézhnev, finalizó el 30 de abril de 1975 cuando se firmó la capitulación incondicional de Vietnam del Sur. En 1974 había renunciado el entonces presidente republicano Richard Nixon reconociendo su culpabilidad en el caso Watergate. En julio de 1976 tuvo lugar la reunificación del país con la proclamación de la República Socialista de Vietnam. Casi veinte años después, durante la presidencia de Bill Clinton, se reanudaron las relaciones diplomáticas y comerciales plenas entre Estados Unidos y el país asiático.

Centenares de libros y decenas de películas abordaron los relatos de una guerra enmarcada en la batalla ideológica y cultural que mantenían las dos potencias victoriosas de la Segunda Guerra Mundial, las que durante el año 1945 reperfilaron el escenario global de acuerdo a sus propios intereses geopolíticos.

Ese mapa de poder cambiaría radicalmente con la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) producida con la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y la declaración de la independencia de Ucrania aprobada por su parlamento en agosto de 1991.

Tras el final de la guerra de Vietnam, Dean Rusk sentenció: “Acaso precisemos 25 o 30 años para juzgar con conocimiento de causa dónde se encuentra el acierto, si en la intervención o en la retirada”. Por su parte, Averell Harriman, uno de los políticos y diplomáticos de mayor influencia en la historia política estadounidense del siglo XX, afirmó que Hanoi, la capital de Vietnam, “tiene el corazón en Moscú, pero el vientre en Pekín”. Si Ucrania fuera un espejo de Vietnam, el canciller ruso Serguei Lavrov sería el alter ego de Dean Rusk.

Ruth Ferrero-Turrión es profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense y una gran experta en la historia geopolítica de Ucrania. Así explica la importancia estratégica de la región en conflicto. “Rusia siempre ha tenido el problema del acceso al mar, los mares del norte no permiten el acceso de la flota ya que están congelados, de este modo el puerto de Sebastopol se convierte en un punto estratégico fundamental. Crimea no es solo el acceso al mar, es la puerta al Mediterráneo y al control de los estrechos. El mar de Azov no es navegable, apenas tiene catorce metros de profundidad. Crimea siguió perteneciendo a Ucrania también después de su independencia, pero siempre con el compromiso de permitir alojar a la flota rusa en Sebastopol. Este acuerdo se renovaba cada cierto tiempo.

De hecho, poco antes de la revolución del Maidán el contrato fue renovado. En 2010 se acordó que la flota rusa podría permanecer en Sebastopol hasta 2042. A cambio, Ucrania tendría un descuento del treinta por ciento en los precios del gas ruso”.

A fines del año pasado Gazprom anunció la finalización del gasoducto Nord Stream 2 (NS2) que insumió una inversión de más de 11 mil millones de dólares. La obra oceánica, con una capacidad de transporte de 55.000 millones de metros cúbicos anuales de gas, había sido defendida por la ex canciller Angela Merkel y también por su excolega socialdemócrata Gerhard Schröeder, actual chairman de la petrolera rusa Rosneft, principal proveedora de combustible de sus fuerzas armadas.

El último martes Gazprom comunicó el despido del personal del NS2 y mandó a la quiebra a la compañía tras la decisión del gobierno alemán de suspender la certificación del proyecto como represalia a la invasión de Ucrania ordenada por Putin.

British Petroleum detentaba hasta la semana pasada el 20 por ciento del capital accionario de Rosneft. Por fuertes presiones del gobierno británico decidió poner a la venta su participación en la petrolera rusa. No lo había hecho oportunamente ante el envenenamiento de ciudadanos rusos en la propia de ciudad de Londres y de Salisbury, hechos que de acuerdo a numerosas pruebas habrían sido cometidos por agentes de la inteligencia militar soviética direccionados desde Moscú.

De acuerdo a Francisco Monaldi, director del Programa de Energía de América Latina del Instituto Baker, Rusia produce más del 11 por ciento del suministro mundial de petróleo, y exporta 4,6 millones de barriles diarios. Sus exportaciones representan aproximadamente el 7 por ciento del mercado mundial, exportando más de dos tercios de lo que producen.

Europa compra 2,5 millones de BPD de crudo a Rusia, además de un importante volumen adicional de productos. Estados Unidos le compra cerca de 250.000 BPD de crudo, en cambio China es un gran comprador de petróleo ruso con más de 1,6 millones de BPD.

A partir de la batería de sanciones económicas, financieras y comerciales dispuestas por los Estados Unidos y la Unión Europea que tendrán graves consecuencias sobre el bienestar de la ciudadanía rusa, resta saber aún si el costo político por el eventual ingreso de Ucrania a la OTAN (cualquier comparación de Cuba y la crisis de los misiles no es pura coincidencia) es analizado por Putin como una situación de magnitud política superior al empobrecimiento generalizado de su población que inevitablemente sufrirán en los próximos cinco años.

Joe Biden y Xi Jinping deberían estar pensando en estas horas que la estabilidad socioeconómica de la Unión Europea es más importante para sus respectivos intereses que la instalación de un gobierno títere en Ucrania que responda a los caprichos imperiales de Putin.