Yo solo quiero vivir en paz en mi país”, dijo llorando la muchacha ucraniana que entrevistó, en un video, el New York Times. Llevaba un fusil en las manos, que sostenía como un objeto ajeno y extraño. ¿Sabía usar eso? “No…”, sacudió la cabeza con una sonrisa triste, llorando, “bueno, un poco, nos dijeron cómo funcionaba”. ¿Tenía miedo? “Por supuesto que tengo miedo. ¡Es horrible!”.

Miles de muchachas y muchachos en Ucrania, que jamás imaginaron que algo así ocurriría en sus vidas, han decidido tomar un arma, y aprender a usarla sabiendo que sirve para matar, con la determinación de defender a su país de la invasión ordenada por Moscú. Las ciudades ucranianas han rechazado la guerra de Vladímir Putin, incluso Kharkiv, bombardeada ya, que habla ruso, situada en un territorio que fue, durante siglos, parte de la vieja Rusia.

El Ejército Ucraniano, también, que no reaccionó frente a la invasión a Crimea, pero que fue armado y preparado desde entonces, ha enfrentado la invasión de Rusia.

Y el presidente Volodímir Zelenski, en fin, antiguo comediante, ha asumido con valor el papel que la historia le impuso, el de líder de un país en guerra contra una potencia militar. Todo esto era inesperado, como también, quizá, la reacción de los propios europeos, que parecían haber perdido la voluntad de sacrificio necesaria para defender su modelo de civilización. El mundo preveía que habría una ocupación, más que una conquista; que Zelenski desaparecería; que Occidente reaccionaría con cautela frente a Putin, como había ocurrido hacía ocho años en Crimea. Pero no sucedió así.

Ucrania está unida contra la invasión del Ejército Ruso, y Occidente, que tomó la decisión de devastar la economía rusa, a un precio muy alto para Europa y Estados Unidos, está unido en su determinación de poner un alto a la agresión de Putin, iniciada con el pretexto de detener el genocidio de los rusos en Ucrania, pero con el objetivo de recobrar un territorio que fue parte de la Unión Soviética.

Todo esto vuelve más peligrosa la guerra. Este domingo, Putin ordenó poner en alerta especial las fuerzas estratégicas nucleares de su país. Desde entonces hemos vuelto a vivir en un mundo extraño y sombrío, creado por esas armas que fueron concebidas para no ser utilizadas nunca, y que sin embargo no pueden cumplir con su función sino en la medida en que exista la posibilidad de ser utilizadas.

Hay muchos otros peligros, resumidos estos días por el Financial Times. Uno de ellos es que el colapso del rublo y la espiral de la inflación provoquen una reacción en la población rusa (que no quería esta guerra, recibida con consternación) no contra Putin, sino contra Occidente. Otro es que, frustrado por la lentitud de la invasión, Putin ordene el uso de armas más destructivas contra Ucrania, como ya empezó a hacer con el ataque con cohetes contra Kharkiv y como amenaza hacer ahora contra Kiev.

O que, acorralado, extienda sus amenazas más allá de Ucrania. “Una rápida subyugación de su vecino habría aumentado, por otro lado, el peligro de que Putin, envalentonado, tratara de ir más lejos”, concluye el Financial Times. “El mundo está viviendo un momento peligroso. Los ucranianos le están dando una lección de fortaleza”.