La temeridad de la acción militar sobre la central nuclear Zaporiyia, cambia la ecuación de seguridad y merece la máxima condena global

El ataque a la central nuclear de Zaporiyia, la planta nucleoeléctrica más grande de Europa, pudo haber desencadenado una tragedia a gran escala de contaminación radiactiva, incluso a países vecinos y a la propia Rusia. El hecho representa una violación a numerosas resoluciones de la Conferencia General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) como al artículo 57 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados internacionales. También compromete, entre otros instrumentos multilaterales, la Convención sobre Seguridad Nuclear. El Director General del OIEA, el Embajador argentino Rafael Grossi, exhortó a las fuerzas de ocupación rusas que no ejerzan violencia militar en las inmediaciones de las centrales nucleares en una clara alusión a las consecuencias de un conflicto militar en un país que cuenta con un amplio programa nuclear y una generación nucleoeléctrica de 42 millones de Kwh.

En este contexto y para reducir futuros riesgos potenciales, sería importante que se acuerde un marco de garantías de seguridad sobre las instalaciones nucleares ucranianas incluyendo una zona de exclusión y no conflicto alrededor de las centrales nucleares. Aunque una instalación nuclear técnicamente no puede explotar como una bomba atómica, la utilización de una planta nuclear como blanco militar, sea por ataque intencional o por accidente de cálculo, puede ser considerada como un arma de dispersión radiológica por los efectos potenciales de escapes, diseminación y contaminación radiactiva. Ucrania ya vivió esas graves consecuencias para las personas y el medio ambiente con el incidente nuclear de Chernóbil en 1986 que fugó en la atmósfera una radioactividad equivalente a numerosas bombas atómicas como la de Hiroshima.

La planta de Zaporiyia reconocida como una de las tres mejores centrales nucleares del mundo, por ejemplo, dispone de seis reactores tipo WWER 1000 (potencia de 6000 MW) y las correspondientes piletas de refrigeración de cientos de toneladas de combustible nuclear quemado altamente radiactivo. Rusia que tiene más del doble de reactores nucleares que Ucrania, no puede ignorar los peligros colaterales de un ataque a una central nucleoeléctrica como lo que implicaría en términos de seguridad radiológica que se afecte, entre otros, la carga térmica, la interrupción del suministro eléctrico y de agua refrigerante en una planta nuclear.

Hasta al reciente ataque de Rusia, los peligros de seguridad de una central nucleoeléctrica estaban concentrados más en el riesgo del terrorismo nuclear que en una ofensiva militar directa entre Estados. Nunca antes una instalación nuclear en operaciones había sido blanco de una agresión armada por parte de un país. La temeridad de la acción militar rusa sobre Zaporiyia, cambia la ecuación de seguridad y merece la máxima condena global. El Canciller alemán, Olaf Scholz, señaló que Europa toda se encuentra bajo el peligro que el descontrol militar ruso genere una situación de eventual grave diseminación radiactiva transfronteriza.

Ucrania, que en 1986 accedió a deshacerse del enorme arsenal atómico que disponía de la Unión Soviética, no merece que las cuatro centrales en operación del programa nuclear con fines pacíficos (Zaporiyia, Rovno, Jmelnitski y Ucrania del sur, que totalizan 15 reactores nucleares activos) sea objeto de ataques u ocupación militar. El mensaje diplomático para un país que optó por el desarme y la no posesión de armas nucleares, no puede ser peor además de ser una señal preocupante para el futuro de la seguridad internacional. También pone en riesgo la confianza global en el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP).