Los primeros embates fueron rechazados. Impotentes, los generales rusos ordenaron un bombardeo masivo con misiles y los cazas lanzan bombas racimo sobre la población civil

Kharkiv sabe de guerras. Entre 1941 y 1944 cambió cuatro veces de mano. La conquistaron y liberaron nazis y comunistas hasta que las fuerzas alemanas fueron acorraladas y derrotadas en Berlín. La memoria de la II Guerra Mundial todavía está fresca acá. En ese momento murieron casi 100.000 habitantes, el 10% del total de la población y otros 30.000 fueron deportados a los campos de exterminio. Stalin terminó la “limpieza étnica” llenando la ciudad de eslavos del norte. Quería evitar cualquier levantamiento nacionalista. Esa ciudad había sido una de las más afectadas durante el Holodomor, la hambruna provocada por la colectivización de las tierras. Murieron cuatro millones de personas y muchos jarkovinos (la “Kh” se pronuncia “J” y a la ciudad se la castellaniza como Járkov) tenían hambre de venganza.

La limpieza de Stalin hizo de Kharkiv una ciudad rusa sin quebrantos. Tal vez fue esa la razón que hizo equivocarse tanto a los generales rusos en esta nueva incursión del ejército enviado por el Kremlin. Creyeron que los iban a recibir con los brazos abiertos. No tuvieron en cuenta que los ucranianos no se dejan engañar ni un segundo sobre quién es su enemigo.

Las unidades rusas asentadas en las afueras de la ciudad, de ahora 1,5 millones de personas, no habían hecho ningún intento serio de tomarla o rodearla desde que varios tanques y vehículos blindados fueron destruidos por emboscadas ucranianas en la carretera de circunvalación de la ciudad el jueves. Pero a última hora de la noche del domingo, tras el fracaso del asalto a Kiev, los comandantes rusos decidieron romper el estancamiento de una manera brutal.

Durante la noche del sábado, ya habían lanzado un intenso bombardeo en la periferia norte y este de la ciudad, utilizando múltiples sistemas de lanzamiento de cohetes y artillería pesada. La gente corrió a refugiarse en las estaciones de metro. Al amanecer, llegó el ataque: cientos de tropas se abrieron paso a través del perímetro en múltiples puntos en un aparente intento de acorralar a los defensores. Las imágenes en las redes sociales mostraban a los veloces carros blindados Tigr pintados con la Z blanca de la fuerza de invasión, corriendo por calles desiertas con increíble confianza y aparente impunidad. Una cadena de vecinos organizada a través de la aplicación de mensajería social Telegram alertó a la ciudad de lo que estaba sucediendo. “Veo hombres armados con brazaletes blancos -el reconocimiento táctico utilizado por los rusos- abriéndose paso en el patio de mi edificio”, escribió una señora que se había mantenido despierta toda la noche en su departamento. “Están entrando por Saltivska”, escribió otro usuario. Y aparecieron varios reportes muy preocupantes de que las fuerzas rusas podrían estar a ambos lados de la línea 1 del metro, Kholodnohirsko-Zavodska. Hubo un momento de gran incertidumbre. ¿Había caído Kharkiv? ¿Dónde estaba el ejército ucraniano? Algunos especulaban con que se habían ido a defender Kiev y que estaban solos.

Fue una zozobra de minutos. A los jarkovinos les volvió el corazón al cuerpo cuando comenzaron a aparecer las noticias de un convoy había sido emboscado, que un camión de asalto ruso ardía en una esquina, que no había rusos en el centro de la ciudad. Las explosiones y el fuego de las ametralladoras comenzaron a resonar en las calles desiertas, las autoridades pidieron a los civiles que permanecieran en sus casas y se advirtió a los conductores que los vehículos no reconocidos podían ser confundidos con observadores enemigos. En Kiev ya habían sido detectados varios grupos de comandos especiales rusos camuflados entre la población ucraniana. A la media mañana, los disparos comenzaron a ser más distantes y los vecinos de varios barrios salieron jubilosos a la calle. No había mucho para festejar, pero igual lo hicieron.

Roland Oliphant, el corresponsal de The Telegraph de Londres recogía este testimonio: “Abandonaron sus vehículos y ahora podrían estar en cualquier lugar de la ciudad. Están corriendo de un lado a otro tratando de encontrar ropa de civil y salir, esa es la última información que tengo”, dijo un nervioso soldado ucraniano que estaba al mando de una de las docenas de puestos de control en el centro de la ciudad. “Sería mejor que se fueran a casa”.

 

En la avenida Shevchenko, Oliphant vio los restos de un convoy de carros Tigr rusos semidestruidos y abandonados frente a un taller de reparación de neumáticos. ¿Habrían llegado hasta allí para reparar una rueda? “Estaban orientados hacia el noreste, como si trataran de salir de la ciudad cuando fueron atrapados”, escribió el corresponsal. “Tres eran de color verde oliva y llevaban los números secuenciales B-21, B-22 y B-23. El vehículo principal llevaba un patrón de camuflaje y tenía el número B-23. Los tres delanteros parecían no haber sufrido daños, aparte de los pinchazos y las marcas de impacto que no habían penetrado en sus gruesos cristales antibalas. El último había sido golpeado por algo potente y lo suficientemente caliente como para arrancar el radiador y ennegrecer el capó. Estaban rodeados de cartuchos gastados, pero no había rastro de los tripulantes rusos”.

Oleg Synegybov, el gobernador de la región de Kharkiv, declaró la victoria afirmando que se habían tomado “docenas” de prisioneros. “¡El control de Kharkiv es completamente nuestro! Las fuerzas armadas, la policía nacional y las fuerzas de defensa están trabajando y la ciudad está siendo completamente limpiada del enemigo”, dijo en una declaración en Telegram, el principal conducto de información en esta guerra. “Los combatientes rusos capturados hablan de completo agotamiento y desmoralización, no tienen conexión con el mando central, no entienden ni conocen sus próximas acciones”, añadió. En otro post advirtió que los soldados rusos fugitivos podrían pedir a los lugareños ropa civil y refugio, y les recomendó que no abran sus puertas a los extraños.

Al caer la tarde del lunes, comenzó un brutal bombardeo con misiles Grad y los cazas SU-34 lanzando bombas racimo que explotan en el aire y diseminan decenas de pequeñas bombas en un radio de un campo de fútbol. Están prohibidas por la Convención de Ginebra y producen una gran cantidad de víctimas. Como ejemplo, este mensaje por Twitter de un grupo de médicos del hospital central de Kharkiv: “Vivimos en el INFIERNO. Los rusos están destruyendo todo: barrios residenciales, guarderías, hospitales, incluso una estación de transfusión de sangre. Sin el apoyo de todo el mundo, no podremos hacer frente a la invasión”.