No sabemos cómo termina esta historia y si las predicciones más apocalípticas pueden tener lugar. Lo cierto es que desde Hitler, ningún país había desplegado una maquinaria destructiva y amenazante en forma abierta

Hemos despertado en un mundo donde en vez de leer contagios por COVID hemos empezado a leer niveles de radiactividad. De la Organización Mundial de la Salud a la Central Internacional de Energía Atómica. Ucrania no está lejos. La posibilidad de un latente desastre nuclear de proporciones que multiplicarían por diez la destrucción de Chernobyl la ha acercado de manera dramática a cualquier confín del planeta. Más que nunca en la historia, ningún país es una isla, ninguna persona es una isla. El ataque de las tropas rusas al complejo nuclear de Zaporizhzhia, la más grande de Europa, generando un incendio, abrió el camino para que tropas de ese país tomaran su control. La metodología tiene el sello estratégico de Vladimir Putin: si no hay una excusa, crearla, para incursionar en donde se propone y fortalecer su posición. Antes de que la invasión a Ucrania fuera una realidad infernal, se analizaba la posibilidad de que generara un peligro que hiciera inevitable el ingreso de sus soldados con el pretexto de la seguridad regional, para enmascarar una avanzada con otros fines. El objetivo ahora es mucho más macabro. Según el Presidente de Ucrania, una explosión allí podría directamente terminar con Europa. Con un ataque quirúrgico que escala el peligro a todo el continente, Putin ha logrado involucrar por la fuerza y el peligro a quienes hace sólo unas horas intentaban mantener el diálogo. La ominosa advertencia del Presidente Emmanuel Macron no tardó en convertirse en una realidad: “Lo peor está por venir”, había dicho, con todo el peso de esas palabras, luego de intentar sin suerte, encauzar el conflicto mediante las palabras, a pesar del ensordecedor ruido de las bombas.

Las acusaciones de terrorismo nuclear que el presidente Zelensky vierte sobre Vladimir Putin coinciden con la velocidad en que la más cruda de las formas del miedo, el pánico, ha surcado el mundo en minutos desde anoche.

No cabe a las operaciones de la razón dilucidar cómo un hombre puede volverse un exterminador. Ciertamente necesita poder militar y lo tiene, pero escapa a cualquier sensatez entender por qué se ha embarcado en un juego mortífero del que ya no tiene retorno, como si no tuviera nada que perder. Los análisis de motivaciones personales, de carácter emocional o de salud no pasan por ahora el terreno de lo hipotético y de lo inútil. Sus acciones, en cambio, son tan reales como espeluznantes y ha tomado a Europa de rehén. Estamos en las puertas de la Tercera Guerra Mundial.

Las personas comunes, que con más o menos conciencia miramos espantados el retroceso de la raza humana a su noche más oscura, nos esforzamos por ver en la acción pacífica alguna llave de la que no sabemos con certeza. Queremos creer. Queremos pensar que hay un límite para que otros jugadores de poder abandonen la quietud e intenten una disuasión si no lo están haciendo ya.

Claramente, la escalada que le ha requerido el escenario desmiente a Putin y su afirmación de que “todo avanza como había sido planeado”. No fue tan fácil poner un gobierno títere en Kiev. Pero, sin importar los contratiempos, su decisión de arrastrar a Occidente a una definición en el campo militar, se mantiene sin vacilaciones y sin límites. Los escenarios posibles, parecen ser, en primera instancia, asegurar la toma de Ucrania, con el control del complejo nuclear cuya letalidad en caso de siniestro convierte a Europa toda en campo de batalla. Si se trata de la plataforma para avanzar a otras ciudades del Este al no encontrar freno, es algo que no tardaremos en saber, pero que esos países ya perciben como un hecho. También puede ser una demostración de fuerza para ocultar la incapacidad de las tropas para entrar a Kiev, que aún resiste. Sí es claro, que, como una bestia herida, -por las sanciones internacionales, la creciente presión interna, la dificultad en sus propias líneas de abastecimiento, – Putin está buscando atajos mortíferos, erigiéndose como señor de la muerte. Desde Hitler, ningún país había desplegado una maquinaria destructiva y amenazante en forma abierta para invadir otras naciones como la que hoy atestiguamos.

En estas horas, el ex presidente de EEUU, Donald Trump, quien hasta hace poco ostentaba vínculos amistosos con Putin, calificó de “Holocausto” la invasión de Rusia a Ucrania. Hace sólo días había llamado “astuto” al líder ruso por su movida militar. Esta mañana, el actual Presidente de EEUU y el Primer Ministro británico Boris Johnson se comunicaron con el presidente ucraniano. No se tiene registro del contenido de esas conversaciones. Es difícil pensar que figuras como el líder chino o incluso el Papa, no estén actuando o a punto de hacerlo. Beijing no condenó, pero tampoco apoyó a Putin y abogó hasta ahora por una salida diplomática. En esta noche, que parece haber cruzado una ominosa frontera, el senador norteamericano Lindsey Graham elevó la voz para preguntar: “¿Hay un Brutus en Rusia que acabe con este tipo? Le haría un gran servicio no sólo a su país sino al mundo”. Graham expresó la impotencia de Occidente. Pero también una realidad que no debe ser lejana para los instintos paranoides del propio Putin.

En estas horas se espera que el Kremlin avance con la declaración de una ley marcial que terminará con los vestigios de cualquier protesta interna y con los últimos espacios de libre expresión, además de restringir las salidas del país y la disposición del dinero, como no se veía desde el mundo soviético. Sí, Putin se vuelve contra su propia gente. Quizás también para ellos, ha cruzado el Rubicón. Sin dudas, el ex espía de la KGB, se ha convertido en alguien que difícilmente podrá asomar tranquilo de ahora en más a la luz del día. Pero su propio punto de no retorno es un peligro planetario.

Es demasiado lo que no conocemos y tan grande su capacidad destructiva que sólo queda aferrarse a los destellos luminosos que los tiempos de devastación ofrecen de la raza humana.

No sabemos cómo termina esta historia y si las predicciones más apocalípticas pueden tener lugar. Como dice la revista The Economist, “Debe ser incomprensible para un cínico dictador” que el pueblo de Ucrania esté “dispuesto a morir por su derecho a elegir su propio destino”. Si la historia es la historia de la lucha del hombre por su libertad, ellos están librando la última gran batalla. Por ahora, el resto es silencio.