El motivo fundamental de la invasión de Ucrania significa un intento de Vladímir Putin de restaurar no solo el respeto internacional a su país, sino de crear un nuevo equilibrio con el peso de China que ponga fin al mundo unipolar de Estados Unidos.

Con la disolución de la Unión Soviética, Estados Unidos ganó la Guerra Fría, imperó el capitalismo ante el fracaso del comunismo y así pasamos del mundo bipolar al unipolar.

Después del aislacionismo de Donald Trump con su política “America first”, su impredecible y contradictoria política exterior, caracterizada por criticar a sus aliados europeos en la OTAN, mientras que elogiaba a su amigo Putin, que anexó Crimea, ahora Joe Biden es percibido por Rusia como un presidente débil dentro y fuera de Estados Unidos, con bajos niveles de popularidad y golpeado por el desastroso retiro de tropas de Afganistán.

Por su parte, Estados Unidos considera a Rusia, la undécima economía mundial, una potencia nuclear agresiva que busca socavar la influencia estadunidense en el mundo, recobrar su antiguo dominio en el este de Europa, e interferir en las elecciones presidenciales a través de campañas de desinformación en las redes sociales, mientras que China, la segunda economía mundial, significa un importante rival en cuestiones de comercio y tecnología, con profundas diferencias en derechos humanos.

La mayoría de la Unión Europea sale del prolongado marasmo por depender de Estados Unidos en su seguridad a través de la OTAN al enviar armas a Ucrania. Alemania exportó equipo militar, igual Finlandia, que no forma parte, pero sí colabora con el pacto, y está dispuesta a recibir la ola de millones de migrantes ucranianos por razones humanitarias.

Ante este contexto mundial tan complejo, una alianza entre Rusia y China, basada en el poderío nuclear y energético ruso junto con el comercial y tecnológico chino, en contra de Estados Unidos representaría un gran desafío para los estadunidenses que podría desembocar en un nuevo equilibrio de poder mundial, en el que el modelo nacionalista y autoritario prevalezca sobre la Pax Americana, en detrimento de la democracia, la libertad y los derechos humanos.  Ante esta disyuntiva fundamental, el gobierno de México no tiene ideas claras sobre el camino a seguir, el autoritarismo o la democracia, obnubilado por un sector dogmático antiestadunidense que admira a Putin.

La reacción inicial de la Secretaría de Relaciones Exteriores fue tibia al no condenar de inmediato la agresión rusa, hubo descoordinación entre la posición entre la cancillería y la delegación permanente ante la ONU, que sí asumió un papel digno en el Consejo de Seguridad, y es contradictoria cuando el presidente López Obrador se niega a apoyar sanciones económicas a Rusia porque “queremos mantener buenas relaciones con todos los gobiernos del mundo”.  Aunque Putin no es Hitler ambos tienen muchas semejanzas como dictadores y expansionistas.

Mientras Putin invocó razones históricas y de seguridad para recobrar Kiev, origen ancestral del alma rusa, Hitler declaró en 1938 el Anschluss, o sea la reunificación alemana, para reunificar a Austria en el mundo alemán.

En aquel entonces, Lázaro Cárdenas no titubeó, se opuso contundentemente en contra de la agresión alemana, dio instrucciones a nuestro representante en la Sociedad de Naciones (antecesora de la ONU), Isidro Fabela, de condenar el anexionismo nazi de Austria, con mayor firmeza que los mismos países europeos.