Si hubiese estudiado el carácter de Putin y la historia de Rusia, la actual invasión no debería haber sorprendido a nadie

Todas las guerras son siempre trágicas y castigan terriblemente a los pueblos. Pero su condena moral no debería ser excluyente del análisis político de las causas que las impulsan, a fin de evitar futuros conflictos. La objetividad es un ejercicio fundamental del análisis estratégico e implica no tomar partido ideológico, ni dar aprobación, ni a los “buenos” ni a los “malos”, simplismo al que apelan los medios mediáticos y propagandísticos de uno u otro lado del conflicto. La administración Biden insiste en dividir al mundo entre democracias y autocracias, versión elemental que no resiste un análisis serio, ni entre sus seguidores. El mundo real es mucho más diverso, complejo y se requiere mayores precisiones en cuanto a predecir el accionar de los respectivos intereses nacionales. Crímenes de guerra, violación de los DDHH y de los pueblos fueron cometidos urbi et orbi y principalmente por las potencias más poderosas.

El célebre militar y filósofo Carl von Clausewitz decía que “la guerra es la continuación de la política, con otros medios” y representaba, casi siempre, el fracaso de las negociaciones diplomáticas. La guerra es entonces una consecuencia de acciones o causas previas que la generaron. Es así que con la actual confrontación entre Rusia y los EEUU, los demás actores (UE, ONU, OTAN) son irrelevantes. Ambos contendientes tienen amplios antecedentes de estar acostumbrados a ir a la guerra, preventivas o abiertas, las que, a lo largo de la historia, se relacionan con los intereses geopolíticos de las grandes potencias hegemónicas. La OTAN genera políticas estratégicas en Europa para frenar la “amenaza rusa”, siendo el gasto militar de la OTAN de USD 980.000 millones (EEUU contribuye con 70%), y el de Rusia de USD 62.000 millones.

De todas las potencias, Rusia es por geografía la más extensa y ocupa la centralidad de la isla Euroasiática, lo que, siendo su mayor fortaleza, simultáneamente es su principal debilidad, ya que adolece de espacios marítimos propios, abiertos y libres de obstáculos. Por eso, ya desde el largo período de los zares, Rusia siempre se sintió enclaustrada y desarrolló fuertes sentimientos de inseguridad, buscando que en sus zonas fronterizas hubiese países que le fueran favorables o al menos no fueran hostiles a su seguridad nacional. Las guerras de Rusia fueron, casi siempre, contra las potencias marítimas. El Imperio Británico le impidió el acceso al Océano Indico, al constituir a Afganistán como “estado tapón”. En la guerra ruso-japonesa de 1904/05, Rusia buscaba un puerto cálido, Port Arthur en China, que no se congelara en invierno, como el de Vladivostok. Con el Imperio Otomano luchó por el control de la salida del Mar Negro al Mediterráneo. Durante el período de la Guerra Fría con EEUU, Rusia se rodeó de países satélites, con la excusa de una ideología socialista-comunista en común.

Cuando implosiona la URSS, se desarma el Pacto de Varsovia, pero su contraparte occidental, la OTAN, aprovecha la debilidad de Rusia y continúa expandiendo el pacto militar hacia Alemania, Polonia, Rep. Checa, Hungría, los tres países bálticos, Rumania, Bulgaria y otros. La persistente incorporación de los países de Europa Oriental siguió la lógica geopolítica norteamericana de ir quitándole a Rusia el colchón de neutralidad en su frontera Oeste y de mantenerlo aislado en sus pocas “salidas oceánicas”. Simultáneamente un “arreglo palaciego” entre los presidentes de Rusia (Yeltsin), Ucrania (Kravchuk) y Bielorrusia (Shushkévich) disolvió la URSS, en diciembre de 1991, después que, mediante un referéndum, casi 150 M de habitantes (sobre un total de 185) habían decidido en marzo de ese año la continuación de la URSS, que aún conducía Gorbachov, aunque con grandes cambios pro-democracia. Por todas esas circunstancias Rusia se sintió muy humillada. Hoy se pone de manifiesto.

La actual guerra no debería haber sorprendido a nadie si hubiese estudiado el carácter de Putin y la historia de Rusia. EEUU usa a Ucrania como su ariete para proseguir su intento de arrinconar a Rusia, casi hasta querer quitarle su carácter europeo, ya que, si bien su mayor población está en Europa, su gran extensión es asiática. Esto es visto por Putin, como un avance intolerable para la historia de Rusia, que hace eclosión final con el “interés” de Ucrania, un país casi hermano de Rusia por sus orígenes comunes, de unirse a la OTAN, con la eventualidad de la instalación de misiles convencionales o nucleares en su misma frontera. Conflicto iniciado en el año 2014, donde Rusia recupera Crimea y se plantea el conflicto del Donbass, que a lo largo de estos 8 años provocó más de 10.000 muertos entre ucranianos anti y pro-rusos de dicha zona. Tiene como antecedente un conflicto semejante de Rusia con Georgia (Osetia del Sur y Abjasia) en el año 2008, que Rusia resolvió a su favor, logrando la neutralidad de Georgia.

Todas las potencias suelen ignorar el principio del derecho internacional de integridad territorial. Según el Art 2° de la Carta de las Naciones Unidas, se “deberían abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Pero no lo hacen. Hay demasiados antecedentes en estas últimas décadas. La guerra desatada por la OTAN en los 90 contra Serbia, bombardeando una ciudad europea por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Con excusas diversas, EEUU siguió en su lógica, avanzando sobre Afganistán e Irak, provocando la destrucción de estados organizados, siempre acompañado por su socio principal, otra potencia marítima, Gran Bretaña. Luego ambos, junto con Francia, lograron destruir Libia, por la creciente participación de China en ese país, que tiene las mayores reservas de petróleo de África. La lógica de las grandes potencias siempre fue utilizar la fuerza bruta militar como instancia final para reclamar sus “supuestos derechos”. Sin embargo el mismo Kissinger escribió un muy equilibrado análisis en el diario Washington Post en el 2014 indicando como mejor solución, que Ucrania no debería unirse a la OTAN, manteniendo una posición neutral como el caso de Finlandia. Entiende la lógica de Putin, aunque obviamente no lo justifica.

Bastaba que EEUU diera las garantías para que la OTAN no se expandiera al Este, es decir avanzar sobre Ucrania, la frontera directa de Rusia, para que ésta siguiera con el statu quo del 2014. Como no las recibió, Rusia decidió invadir Ucrania para zanjar la cuestión, pero al costo de haber arrasado con el principio de la integridad territorial, lo que provoca múltiples reacciones contrarias, lo cual lo desgasta fuertemente. Por otro lado, surge el interrogante de por qué EEUU dividiría sus fuerzas para enfrentar dos conflictos simultáneamente, el declamado con China y ahora también con Rusia. Una primera respuesta es que EEUU decide enfrentar a Rusia, porque piensa que está en condiciones de debilitarla; así como Rusia piensa que el actual EEUU de Biden está bastante débil como para permitirle avanzar en la resolución de su problema de seguridad nacional. Otra respuesta puede involucrar a China, que ha permanecido muy cauteloso y buscando equilibrios casi equidistantes, porque a la larga se siente beneficiario del actual conflicto; sin embargo, a corto plazo, no le viene bien esta disputa ya que su estrategia era consolidar su fortaleza económica en el próximo quinquenio, para volcarse más adelante en conflictos mayores (Taiwan). El mundo económico puede complicarse y eso a China no le conviene.

Hay dos Ucrania, en su composición étnica y en su cultura, producto de su historia, con tradicionales conflictos internos entre el este pro-ruso y el oeste pro-europeos, en particular por haber pertenecido al imperio Austrohúngaro. Es muy poco probable que Putin, quiera o pueda ocupar todo el territorio, porque sabe bien que el Oeste es francamente anti-ruso. Kiev es una ciudad cosmopolita como lo es Moscú o cualquier gran ciudad del mundo, con su cultura global. El interior de Rusia y el de Ucrania son más semejantes entre sí, de cultura tradicionalista y conservadora. Putin podrá lograr neutralizar a la OTAN, o bien dividirá a Ucrania, pero no podrá evitar que la cultura europea se filtre por las redes sociales e inunde toda la cultura ciudadana rusa, así como lo ha hecho con la ucraniana. En ese terreno se juega más una larga batalla cultural que militar. La prueba de las decisiones políticas es cómo terminan, no cómo comienzan.

La actual deriva militar proyecta una continuación de los conflictos, hacia una nueva variante de Guerra Fría. Lamentablemente ni el razonamiento de mutuas conveniencias, ni las disuasiones mutuas han podido evitar esta hecatombe, como lo es cualquier invasión militar a un país independiente, constituyendo una explícita violación de las normas de derecho internacional, bombardeando además objetivos civiles. Todo muy grave.

Con este conflicto se fortalece el reordenamiento más importante de las relaciones internacionales desde la caída del Muro de Berlín. Entramos en una nueva era, donde el equilibrio de poder será el instrumento clave del sistema internacional para evitar futuras guerras y en la cual la geo-política desplazará a la geo-económica. La paz, un anhelo de todos los pueblos del mundo, no será establecida por las Naciones Unidas ni por ningún unilateralismo, sino por una continua búsqueda del equilibrio de poderes entre países, de diferentes culturas y valores, con instituciones diversas y todas ellas cultivando los respectivos intereses nacionales, y todas con vocación de poder. Todo va en camino a una mayor y compleja multipolaridad. La presente confrontación se establece entre las dos visiones geopolíticas y culturales antagónicas del mundo, la marítima o talasocrática, de las potencias marítimas, culturalmente expansiva, cambiante, arrolladora, cosmopolita, contra la telúrica, de la tierra, la continental, de cultura tradicionalista, conservadora, acostumbrada a cambios más lentos y más razonados. Como dirá Huntington, la cultura es lo que importa.