La relación entre México y Estados Unidos en tiempos de la 4T está ante una encrucijada. La primera etapa fluctuó entre el miedo y la simpatía a Donald Trump (DT), la segunda entre el engallamiento y el arreglo con Joe Biden (JB), y ahora que AMLO y JB están desgastados el horizonte se nubla. Pero vamos por partes.

De 2018 a 2020 la Cancillería mexicana optó por continuar la doctrina Videgaray de la complacencia voluntaria, para usar una vieja expresión de la radio: se tocaba la canción que pidiera DT.

AMLO le hacía el trabajo migratorio sucio a su homólogo y, en tanto le ayudara a cumplir su promesa de construir el muro (que se movió del Bravo al Suchiate, sustituyendo ladrillos por efectivos de la Guardia Nacional), podía intercambiar favores en su lógica casuística.

El intercambio fue asimétrico, desde luego: apoyos que no costaron nada a DT —absorber una pequeña parte de nuestra contracción petrolera o facilitar ventiladores— tuvieron para AMLO un precio muy alto: el acto de campaña a DT en la Casa Blanca.

De 2020 en adelante la agenda siguió girando en torno a la migración. Dado que en ese terreno AMLO ya había cedido todo a DT, incluyendo el penoso acuerdo apodado Remain in Mexico, y puesto que esas concesiones resultaban muy útiles para un gobierno demócrata bajo bombardeo republicano por la oleada de inmigrantes, JB decidió no aligerar ni en un adarme la carga a quien le jugó las contras en la contienda electoral y se negó por varias semanas a felicitarlo por su triunfo, validando así (junto con Putin y Bolsonaro) la acusación de fraude esgrimida por DT. Lo que sí cambió fue el discurso de este lado y los favores de aquel.

AMLO, que no tocó ni con el pétalo de una invocación a la Doctrina Estrada a DT, intuyó el encarecimiento de su respaldo fronterizo, se envalentonó y comenzó a lanzarle dardos simbólicos al débil JB; este, por su parte, se hizo de la vista gorda en la postura de la 4T en electricidad y medio ambiente. Pero ese quid pro quo se resquebrajó.

JB encara elecciones con un partido dividido, aprobación decreciente y la amenaza rusa en Ucrania y, paradójicamente, su mayor debilidad perjudica a AMLO, pues le resta margen a JB para resistir presiones de empresarios y del Congreso respecto de la reforma eléctrica y la fobia mañanera contra el periodismo crítico.

Peor aún, el desdén del Departamento de Estado a la queja por el financiamiento de USAID a la ONG que participó en el reportaje de la casa de Houston ha hecho a AMLO sospechar que en ese caso hay mano gringa (nuestros vecinos podrían llamar a esta coyuntura, con bastante precisión, a Mexican standoff).

La cuestión es si el obligado reacomodo en la relación llevará a AMLO, que está en busca de un tema potente para retomar el control de la narrativa, a recoger la bandera antiyanqui.

El revire a Ted Cruz no es el único presagio (ni el mejor: el senador es de la calaña de DT, y si los reproches de uno son timbre de orgullo los elogios del otro serán vituperios). Y es que la “pausa” con España empieza a oler a fiasco y urge otro distractor.

Aunque parece impensable que AMLO confronte en serio a Estados Unidos (ante la carta china se allanó ipso facto), la tentación del antiimperialismo retórico aumentará en la medida en que siga bajo fuego.