84 años después, el mundo enfrenta un nuevo dilema. Reflexión extraída del Instagram del periodista

Más allá de comprender las complejas relaciones históricas, políticas y religiosas, entre Rusia y Ucrania, el hecho de que Vladimir Putin haya recurrido al uso de la violencia militar, genera un interrogante central, similar al dilema que ocurrió hace 84 años entre el por entonces primer ministro británico Neville Chamberlain y su sucesor Winston Churchill, respecto a qué debería hacer Europa frente al avance nazi.

Este dilema interpela de manera dramática a cuatro líderes de occidente: el presidente Joe Biden, el primer ministro Boris Johnson, el canciller alemán Olaf Scholz, y el presidente Emmanuel Macron. Y eventualmente al papa Francisco que ha intentado también, sin éxito, invertir en este conflicto.

En este contexto hay que recordar que a principios de febrero de este año, Alberto Fernández estuvo de gira por Rusia y China. Y allí tuvo una de sus habituales ocurrencias cuando le ofreció a Putin que Argentina podría convertirse en la puerta de entrada para Rusia en nuestra región. Fernández le hizo un ofrecimiento tardío ya que Venezuela es hace muchísimo tiempo esa puerta. Fernández no está al tanto porque no ha hablado con Cristina Kirchner que conoce el asunto a la perfección.

Argentina tuvo una posición algo confusa al principio a diferencia de Chile cuyo presidente Gabriel Boric tuvo una declaración contundente respecto del uso de la fuerza inapropiada por parte de Rusia. Esto me recuerda una frase del periodista español Iñaki Gabilondo quien ha dicho que “las ideología no han logrado resolver los grandes enigmas de nuestro tiempo”. Como se sabe, Boric es un hombre de izquierda pero ha tenido una postura muy clara respecto de la cuestión entre Rusia y Ucrania.

El mundo tuvo una primera conmoción como consecuencia de un amenazante discurso de Putin, previo a la invasión sobre Kiev. Esto no es una novedad porque Putin ya había tomado por la fuerza a Crimea, que era parte de Ucrania. Hizo también lo propio con varios territorios que fue tomando a mordiscones y promovió una suerte de guerra civil dentro de Ucrania que costó 14 mil muertos. Para ninguno de nosotros es una novedad que Putin haya desencadenado este conflicto en el plano militar.

En su discurso amenazante, Putin planteó que el tema para Rusia era de vida o muerte; que Ucrania y la eventualidad de un acercamiento a la OTAN, algo que no está ni cerca de ocurrir, amenazaba la soberanía de Rusia; y que él se proponía evitar lo que él imagina es un genocidio que está ocurriendo por un gobierno nazi. Putin supone que el gobierno de Ucrania es equivalente al régimen de Hitler y él debe evitar un genocidio que está llevado adelante el presidente Zelensky. Esto es raro porque hay dos países del báltico, que sí son integrantes de la OTAN, que son Letonia y Estonia, y tiene fronteras con Rusia. O Putin tiene una doble vara para medir el asunto o eventualmente Letonia y Estonia serán motivo de una cuestión militar en el futuro.

La intrusión militar es dramática. Ucrania no solo está invadida, también está rodeada. Si se mira el mapa, con excepción de las fronteras con Polonia y Rumania, Ucrania está rodeada militarmente por Rusia y por Bielorrusia, un país manejado por un adlátere de Putin que se llama Lukashenko que tampoco es una persona muy razonable ni muy amigable con el mundo.

Pero acá además existe un gran desequilibrio entre quienes están al frente de estos países en conflicto. Putin, un líder experimentado y astuto. Si observan, en los últimos dos o tres días se ha transformado su expresión física. A Putin se lo ve visiblemente agresivo y desencajado. Del otro lado está Zelensky, que era un actor que llegó a ser presidente porque actuaba de presidente de Ucrania. Él estaba trabajando en una serie televisiva muy popular que se llamaba “El defensor del pueblo”. Y la popularidad que le generó ese papel lo convirtió en aquello en lo que él actuaba, justamente presidente de Ucrania. Aquí hay un desequilibrio muy dramático entre un tipo con la astucia y el poder de Putin y un actor que lleva apenas dos años en la política de Ucrania.

Ha habido apoyos a Rusia, algunos obvios como Venezuela, Siria, Nicaragua. Pero hubo otros que no han sido tan esperados como Bolsonaro. Lo más extravagante ocurrió con el ex presidente Donald Trump que calificó de genio a Putin. Un comentario rarísimo donde interviene la política interna norteamericana. Hay que recordar que durante la campaña, Trump exhibía algunos asuntos de la familia Biden y su participación en compañías energéticas ucranianas. Trump no solo plantea una posición extraviada respecto de Putin, sino que además evidentemente está jugando contra Biden en este asunto.

Al mismo tiempo hay partidos de ultraderecha europeos que van a apoyar a Putin y China seguramente. No creo que Rusia haya hecho semejante movimiento militar sin su conformidad. China debe estar mirando este conflicto para hacer luego lo propio que hizo Putin con Ucrania lo hará China, en un futuro cercano, con Taiwán.

Acá empieza a dibujarse un dilema porque han quedado muy desautorizados Biden, Macron, Boris Johnson y Olaf Scholz. Incluso el papa Francisco, quien planteó que debía evitarse el uso de la fuerza militar, algo que Putin desoyó. Putin los dejó pintados a todos.

En Europa hay un gran problema porque dependen comercialmente de China, en gran parte, y energéticamente de Rusia. En perspectiva, vemos un error de Ángela Merkel que demoró la conversión energética alemana y nunca rompió su relación con Putin.

Detrás de este conflicto evidentemente está la ambición de Putin de recrear algo parecido a la Unión Soviética. Dijo públicamente en varias oportunidades que la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX fue la desaparición de la Unión Soviética.

Al mismo tiempo debe haber una especie de venganza. Hace unos años, el pueblo ucraniano derrocó a un presidente que era un títere de Putin y eso no le debe haber gustado nada. Y debajo de estos temas está el tema energético, un tema complicado tanto para Europa como para el mundo entero. Putin ha recibido apoyos bastantes excéntricos y ha dejado a occidente pintado.

El dilema

En 1938, hace 84 años, con el propósito de evitar una guerra, tres países europeos firmaron un acuerdo con Alemania cuando el régimen de Hitler tomó, como está haciendo hoy Putin con Ucrania, parte de Checoslovaquia. Los Sudetes, unas montañas, donde de acuerdo a Hitler vivía gente que hablaba alemán y tenían que ser alemanes.

Con el propósito de evitar una guerra, el entonces presidente de Francia, Édouard Daladier, y el tristemente célebre, Neville Chamberlain, aceptaron los términos de un acuerdo que fue propuesto por (Benito) Mussolini y por un tipo clave en el régimen político de Hitler que se llamaba Hermann Göring (Acuerdos de Múnich).

Esto se hizo con el propósito de evitar la II Guerra Mundial y apaciguar los ánimos alemanes, que Hitler se quede con esa parte de Checoslovaquia y no moleste más. Subestimaron la amenaza que significaba Hitler para el resto de Europa y el mundo entero. Acá apareció Churchill que se contraponía a la idea de que se podía acordar con Hitler y que posteriormente dijo la famosa frase: “Nos dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegido el deshonor y tuvimos la guerra”.