Las páginas que se han escrito alrededor de la vida y la obra de Frida Kahlo se pueden contar por miles, con perspectivas que escudriñan, no solo ofrecen panoramas y, sin embargo, siempre quedan miradas para aproximarse a la artista mexicana.

Su indumentaria, las colecciones de arte popular y prehispánico que reunió con Diego Rivera, su relación con la fotografía y la historia de La Casa Azul, son algunos elementos abordados en el volumen El universo Frida Kahlo (Editorial RM / Museo Frida Kahlo-Casa Azul).

Circe Henestrosa, Marta Turok, Octavio Murillo, Beatriz Scharrer, Luis Enríquez, Martha Romero, Paulina García, Pablo Ortiz Monasterio, Jaime Moreno, Luz Emilia Aguilar Zinser, Gerardo Estrada y Luis Roberto Vera son las plumas que participan de este ejercicio multidisciplinario cuya apuesta es explorar en los archivos de la Casa Azul.

“La idea del proyecto fue pensar a Frida y por ende también a Diego –porque comparten acervos y archivos–, a partir de estos documentos: en los acervos de la Casa Azul se atraviesa el nacionalismo, el movimiento que surge de la revolución, liderado por Vasconcelos, y del cual surge el muralismo y tantas cosas que sabemos. Eso era notable no solo en la obra de los artistas, sino en la arquitectura, como lo representa la Casa Azul”, explica Pablo Ortiz Monasterio, autor del ensayo “Frida y la fotografía”.

Las casi 300 imágenes, que abarcan desde su indumentaria hasta su colección personal de arte popular y prehispánico, provienen de un trabajo que ya se había realizado, cuando salió a la luz una colección que estuvo encerrada más de 45 años, “porque cuando muere Diego pide que no se abran sus archivos durante 15 años: era un personaje polémico y quiso descansar un poco”.

“Cuando se hizo la exposición Los tesoros de la Casa Azul, encontramos más de seis mil fotografías: hay de Álvarez Bravo, Paul Weston, Tina Modotti, Man Ray –probablemente los únicos que hay en el país–.

“Luego encontramos que la pintora hacía fotografía, lo cual fue muy novedoso; al ser hija del gran fotógrafo Guillermo Kahlo, había familiaridad: hay tres imágenes fechadas en 1929 y firmadas por Frida, al estilo de lo que hacía Tina y Weston”.

Entre esas 6 mil fotografías archivadas en Casa Azul hay un conjunto de autorretratos de Guillermo Kahlo que Frida guardó. Hay más de 30, en los que se muestra desde muy jovencito hasta sus últimos días, en una práctica que él hizo a lo largo de toda su vida.

“Eso arroja luz sobre la influencia tan grande que tuvo el padre sobre la hija”, explica Ortiz Monasterios. “En vida, Frida era más conocida por cómo se vestía y por ser la esposa de Diego Rivera, inclusive en la portada que se publicó en Vogue Magazine en los años 50, el pie de foto era ‘La señora de Diego Rivera’. En los años 60 y 70 se empieza a ver un interés marcado sobre la obra de Frida, las académicas que la estudian explicaron buena parte de su pintura a partir de la influencia de Diego.

Sin embargo, este conjunto de autorretratos arroja que la influencia grande viene del padre. Cuando Frida tiene el accidente en Ciudad de México, tiene que pasar en cama cerca de dos años sin levantarse; don Guillermo le armó una especie de restirador para que pudiera hacer algo mientras estaba en convalecencia. “Y qué es lo que hace: autorretratos. A partir de allí decide que será su rostro el territorio a explorar y donde va a manifestar todas sus preocupaciones artísticas, políticas.

Eso viene del padre”. Otra mirada Otro de los aspectos abordados en El Universo Frida Kahlo es el de la indumentaria, siendo la investigadora Marta Turok la encargada de reflexionar sobre un asunto de la vida cotidiana, en el que “no hay improvisación, todo estaba muy cuidado. “Su mamá era una excelsa costurera que tenía a sus hijas las tenía vestidas como muñequitas.

No era una familia que se fuera al Palacio de Hierro o al Puerto de Liverpool a comprar ropa hecha, era la época en que las mamás sabían coser y lo hacían”, en palabras de la antropóloga.

Para su reflexión, Turok estudió todo el ajuar de Frida, incluso de lo que define como su ropa occidental, toda de muy buena hechura; a fines de los años 20 comienza la otra etapa en la vida de la artista, cuando se hace de una vestimenta de pueblos indígenas, de cuando menos 10 diferentes pueblos originarios de México y de Guatemala, “es una cosa de color y contraste muy interesante, porque no era que agarrara un traje indígena y se lo pusiera, sino que combinaba las faldas de un color, el huipil de otro y un saco de otro: no hay improvisación en la vida de Frida, todo está muy cuidado. “

Otras le copiaron el peinado o los huipiles, pero así vestidas como ella, nadie. En Estados Unidos y en Europa llamaba la atención por exótico, pero en México, donde la discriminación y el racismo seguía, Frida vestía con esta indumentaria y salía a espacios públicos, diciendo ‘esto vale, esto es arte’”.

Siempre fue una mujer consecuente con su vivir y su pensar, asegura Marta Turok: sus casas no tenían porcelanas chinas, sino de arte mexicano, porque había una seguridad de la pareja, Diego y Frida, de que se trataba de una manifestación artística no valorada.

En ese sentido, Frida Kahlo no solo estaba proyectando una imagen, estaba comunicando un mensaje recuperado por las voces que participan en el libro, porque lo más importante no solo radica en la necesidad de tender un puente con las imágenes, sino de analizar su obra, en especial su vida, a partir de un discurso.