Quiénes son los héroes de la defensa de Kiev y Kharkiv. Cómo se organizan. Quiénes son los comandantes. Cómo fabrican las bombas molotov y las redes de camuflaje

Tres mujeres de entre 30 y 40 años están apostadas en un puesto de control en un barrio del sur de Kiev. Tienen rifles en sus manos y una cinta amarilla atada a sus brazos. Son parte de un ejército de ucranianos, civiles, sin entrenamiento militar, que están organizando la heroica defensa de las principales ciudades del país.

-¿Sabes usar el arma?, pregunta una reportera que pasa por allí.

-No, dice entre lágrimas la mujer más joven.

-¿Recibieron entrenamiento?

-Ayer nos dieron las armas y nos enseñaron a disparar.

-¿Tienes miedo?

-Por supuesto.

El diálogo y la escena conmueven profundamente en las redes sociales y el video llegó hasta la tapa del New York Times. Muestra claramente quiénes integran esta resistencia popular que se está organizando en Kiev y las otras principales ciudades ucranianas. Todos saben que es imposible que una fuerza como ésta pueda vencer a un ejército como el ruso, pero por ahora le están complicando la vida a los generales de Vladimir Putin y están retrasando la invasión. Después de tres días de batalla, Rusia aún no ha tomado ninguna ciudad importante.

Para estos combatientes improvisados, la vida cambió rotundamente desde poco más de una semana atrás cuando Kiev era todavía una ciudad vibrante, con cafés y restaurantes llenos y un presidente que llamaba a la calma. Hoy, en esos mismos lugares en los que los vecinos charlaban, fumaban, tomaban un borstch (sopa de remolacha) o comían holubtsi (hojas de repollo rellenas) que bajaban con algún vino de Moldova o el más tradicional vodka, ahora quedan los desperdicios del horror. Vidrios por todos lados, pedazos de puertas y coches, casquillos de balas y manchas de sangre. Lo que dejó una batalla de la noche anterior y que protagonizaron soldados del ejército regular ucraniano junto a estos voluntarios que permanecen en sus puestos con la moral tan alta como la de un guerrero griego.

El Kyiv Independent, el diario en inglés de Ucrania, citaba a Igor, un gerente de una empresa informática que estaba haciendo la cola frente a un centro de reclutamiento del ejército: “Cuando oí las primeras explosiones decidí que tenía que hacer algo. Organicé la salida de mi familia hacia Polinia y me vine aquí. Nunca jamás disparé un arma. Pero estoy listo a hacerlo. Es mi responsabilidad”. Detrás suyo en la cola había una profesora universitaria de 48 años, y dos hermanos, ella de 42, gerenta de una tienda de ropas, y él de 38, dueño de una estación de combustibles en las afueras de la ciudad. Todos aseguraron estar dispuestos a morir por la patria. Un sentimiento que parecía estar archivado desde hace muchos años en todo el planeta y que reapareció en la memoria de esta tierra donde murieron 30 millones de personas apenas hace 80 o 90 años, a causa de la hambruna provocada por Stalin y la invasión nazi ordenada por Hitler.

Otro reportero del mismo medio de prensa, Illia Ponomarenko, daba este informe de situación cuando casi caía la noche del domingo: “Las principales fuerzas rusas siguen sin poder entrar en Kiev y sufren graves bajas. La defensa en el noroeste sigue siendo muy fuerte y eficaz. La defensa aérea se mantiene fuerte. Pequeños grupos de sabotaje entran, pero son destruidos. Ucrania tiene el control total”.

Muchos otros voluntarios que no quieren o no pueden tomar las armas, se registran para ayudar de alguna manera. Se vieron numerosos videos de grupos de mujeres recortando telas de colores verdes oscuros para tejer redes de camuflaje que se utilizan para “esconder” camiones, tanques y soldados. Otras rallan unas láminas de tergopol que meten en botellas, las pasan a un grupo que las llenan de combustible y al final hay quienes le colocan un trapo que será usado como mecha de las bombas molotov. Este “coctel” tiene una historia irónica para esta circunstancia. Aunque se utilizó primero en la guerra civil española, el nombre de este artefacto explosivo tiene su origen en la Guerra de Invierno de 1939. Viacheslav Mólotov (comisario del Pueblo para los Asuntos Exteriores de la Unión Soviética) comunicó por radio a la población finlandesa que la Fuerza Aérea del Ejército Rojo no los estaba bombardeando sino que les suministraba comida por vía aérea. Sarcásticamente, los finlandeses empezaron a llamar a las bombas de racimo soviéticas “canastas de pan Molotov” y a las botellas llenas de combustibles que arrojaban contra los tanques soviéticos, “cóctel molotov”. Decían que “si Molotov pone la comida, nostros pondremos los cócteles”.

Los rusos, ahora, están recibiendo esta misma bienvenida de líquidos. “En la propia ciudad, los destacamentos de defensa territorial están trabajando con bastante eficacia”, dijo el domingo Mykhailo Podolyak, asesor del jefe del Estado Mayor Presidencial ucraniano. “Resultó que la gente está saliendo, defendiendo sus casas. No lo esperaban los analistas del Estado Mayor ruso”.

En otro centro de reclutamiento en el que se estaban entregando rifles Kalashnikov, había una cola de casi una cuadra, la mayoría hombre de entre 20 y 60 años, así se lo veía en un video subido a Facebook. Antes de recibir sus armas, se les pedía que formaran unidades de unos 10 hombres y mujeres cada una y que eligieran un comandante. También les daban un brazalete amarillo que deben llevar permanentemente para no ser confundidos con las tropas agresoras. No tienen uniforme. Visten como cualquier otro fin de semana de invierno: gruesas camperas, gorros de lana, botas resistentes para la nieve. Aunque también hay otros que apenas tienen unas zapatillas endebles y poco abrigo. Los comandantes reciben las órdenes de un instructor militar y todos forman las Fuerzas de Defensa del Territorio.

En ese mismo video se puede ver a una de las unidades listas para ayudar en la defensa de un barrio que está frente a uno de los puentes estratégicos de entrada a la ciudad y que en un rato más va a ser volado para evitar el cruce de los tanques rusos. Antes de subirse a un camión que los llevará al lugar se los escucha gritar “¡Gloria a Ucrania!”, “¡Gloria a sus héroes!”.

“El ejército ruso tiene mejores armas y equipos técnicos que nosotros, por lo que podemos perder batallas o campañas. Pero nunca podrán ganar el país si el pueblo ucraniano está motivado”, afirmó Serhiy Kryvonos, general retirado de las fuerzas especiales y ex vicesecretario del Consejo de Seguridad y Defensa Nacional en una entrevista con la red Al Jazeera. Kryvonos está recorriendo la ciudad y organizando entrenamientos de armamento. “Miren la experiencia de Afganistán. No pudo ser sostenido por la Unión Soviética, por Estados Unidos, por el Reino Unido”, dijo. “No pudieron vencer a los talibanes porque estaban bien motivados. Su arma más fuerte eran sus partisanos, civiles de día, y por la noche agarraban las armas para disparar o enterrar una bomba en la carretera”.

El gobierno ucraniano, después de meses llamando a la calma, cambió su posición en los últimos días y comenzó a preparar al país para la guerra. El presidente Volodymyr Zelenskiy llamó al servicio al medio millón de reservistas que tienen experiencia de combate contra los separatistas pro-rusos del Donbás y el consejo de seguridad nacional pidió al parlamento que decretara el estado de excepción en todo el país junto al reclutamiento masivo de voluntarios. Los hombres de entre 18 y 60 años no pueden abandonar el país.

Y se presentaron personas que hasta hace apenas unos días realizaban tareas muy alejadas de la realidad política y militar. “Todo el mundo en nuestro país necesita defenderse: las mujeres, las niñas, todo el mundo”, dijo a un corresponsal del New York Times, Denis Matash, de 33 años, gerente de Milk, un club nocturno de Kiev. “Todos tenemos que aportar a la defensa. Hasta ayer hacíamos otra cosa. Hoy, lo único que hay que hacer es defender a nuestra patria”, agregó. Lo acompañaba Grigory Mamchur, de 40 años, uno de los bailarines de striptease masculino del Milk. “No saben dónde se metieron estos rusos. Les vamos a demostrar lo rudo que podemos ser los ucranianos”, dijo el tipo alto y musculoso que jamás antes disparó un arma.

Entre los que están decididos a luchar también se encuentra Oleg Sentsov, un director de cine de Crimea que se convirtió en un héroe nacional tras ser detenido en su ciudad natal en 2014 cuando los rusos invadieron y después se anexionaron ese territorio ucraniano. Fue condenado por terrorismo por un tribunal militar ruso. Pasó cinco años en cárceles rusas, incluso en Siberia, donde el frío dañó gravemente su salud, antes de ser liberado en un intercambio de prisioneros en 2019. Dice que está dispuesto a luchar en la resistencia y los medios ucranianos lo muestran como un ejemplo de ciudadano mientras hablan de su última película, “Rhino”, que fue bien recibida en varios festivales de cine en los últimos meses. “Llevaré el uniforme. Tengo algo de entrenamiento militar y sé cómo actuar en la guerra”, dijo en una entrevista. “Lo principal que he aprendido en esta vida es a no tener miedo. En un momento tan difícil, no seré la persona que huya de mi país”.

Sentsov, expresa lo que sienten cientos de miles de sus compatriotas que esta noche están con armas improvisadas custodiando alguna calle de Kiev o de Kharkiv o de Kherson, donde se lucha calle por calle, y no saben si verán el amanecer.